De esos regalos inmerecidos.

Desde muy niño tuve esa bendecida inclinación hacia la música. De muy corta edad mis padres me compraron una pequena guitarra, con la pretendía acompañar mi canto. Mi guitarra tuvo un final trágico. Un dia el tio Chepe llegó de visita con unas copas de más y buscando donde pasar la borrachera se sentó sobre mi amado instrumento, y allí fue el final de mi carrera como guitarrista. No obstante, conmovido por mis lágrimas el tio me prometió reponérmela, promesa que llevó bastante tiempo antes de ser cumplida, a medias. Digo a medias porque el dia que llegó, no traía una guitarra. En sus manos sostenía una pequeña marimba la cual no fue de mi agrado. Pasada mi desilución infantil la curiosidad que dicen, mata a los gatos, me dominó y comensé a dar de baquetazos sobre las teclas de madera y el milagro sucedió, brotaron sonidos sonoros que con el tiempo se convirtieron en melodias.

He intentado hasta donde se ha podido investigar de que rama familiar vino mi habilidad musical pero me topo con callejones sin salida. Cuando veo las cosas de ese modo no me queda mas que concluir que Dios en su gracia y misericordia quiso poner en mí esa habilidad para tocar un instrumento. Por supuesto que eso lo entendí sólo con el pasar del tiempo. Antes de ello, siendo adolescente me sentía orgulloso de esa capacidad negada a muchos, y me hizo sentir superior en algun modo a los demás suponiendo que era una habilidad NATURAL. Ese don me abrió puertas y oportunidades, no solo de ejecutar en público sino de viajar fuera de las fronteras de mi país y compartiendo musica y canto desde pequeñas comunidades cristianas en lo mas profundo de las selvas guatemaltecas y mexicanas así como en sofisticadas congregaciones cristianas en Estados Unidos y Canadá. Pienso que aunque el tiempo dedicado al Señor en el campo de la alabanza y adoracion tuvo resultados, estos fueron por la infinita misericordia del Señor, porque en cierta manera la vanidad y el orgullo de saludar con sombrero ajeno robó gloria y honra al Señor. (digo sombrero ajeno porque si el don viene de lo alto, del Padre de las luces, entonces el don es para glorificarle a Él no a quien le fue confiado.

 

La posibilidad de tener acceso a un intrumentos hace que en la actualidad haya mucho más músicos que antes. Junto con ello el riesgo se multiplica. El riesgo de que, como personas favorecidas por Dios con talento musical creamos que este don se originó en nosotros, en nuestra dedicación y facilidad de aprender a dominar canto y ejecución instrumental, y nos pavoneamos robando la gloria a quien nos dió ese regalo.

A lo largo de mi caminar muchas personas se acercaron a mí pidiendo les enseñara a tocar un instrumento. Unas a simple vista tenían el don en potencia, otras no tenían capacidad ni de tocar harmónicamente el timbre de una puerta. A muchos encaminé, (no enseñé). Con otros tuve que usar franqueza. Sin embargo, recuerdo aun vividamente como me desesperaba cuando el alumno no era capaz de repetir algo que a mí se me había hecho sencillo aprender. Enseñar requiere humildad y bondad. Claro, sino se trae, se debe aprender pidiendo la ayuda de el Senor.

Oro para que tú que has sido adornado por la gracia de Dios con música en tus venas, sepas dar la gloria a el Señor desde lo profundo de tu ser cada vez que haces una presentación pública o cuando en lo privado alguien se acerca e infla tu ego por tus capacidades y talentos. Aprendamos a dar la gloria al Único que la merece. Dios, el origen de la música y el bondadoso y generoso proveedor de dones, talentos y habilidades.

Pr. Fernando Garrido

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